miércoles, 14 de enero de 2009

EL LISSITZKY, Cartel para la exposición rusa en Zurich, 1929


El Lissitzky y el fotomontaje soviético: de la necesidad se hace la virtud
Lisa Ciampi/ Airam Caritino Rocha


Vanguardia y Revolución son dos conceptos que se fusionan perfectamente en la figura de El Lissitzky, artista ruso muy polifacético que desarrolló su trabajo como fotógrafo, diseñador y arquitecto, entre otras actividades. En cuanto a sus creaciones más notables dentro del mundo del arte, se encuentra su libro Historia de dos cuadrados, publicado en 1922. Se considera la primera ilustración de tipología moderna realizada en Occidente, para un público infantil y con un fin de acercamiento al arte abstracto.

La vida de El Lissitzky (1890, Smolensk-1941, Moscú) transcurre en un periodo de fuertes cambios políticos y sociales con una notable repercusión en el campo de las artes. Durante sus primeros años de formación tras estudiar ingeniería, viaja algún tiempo por varios países europeos, experiencia que le influirá de forma decisiva.

Al término de la Primera Guerra Mundial, hay un periodo de reflexión dentro de la intelectualidad europea. Las vanguardias rusas consideran que la solución se encuentra en la creación de objetos útiles: producir en beneficio de la Revolución.

Dentro de esta visión, El Lissitzky va a usar todo su ingenio, en diseñar numerosas exposiciones y obras de propaganda para la Unión Soviética. El lenguaje fotográfico le permite desarrollar lo que él considera un “arte verdadero”. La fotografía le ofrecía unos resultados más novedosos y prácticos de cara a un fin propagandístico. El fotomontaje será un instrumento de la lucha artística y social. Uno de sus grandes logros fue contribuir a la transformación de ese sistema de difusión de ideas en todo un arte.

Mantuvo una buena relación con Dziga Vertov, cuyas películas -como El hombre de la cámara de 1929-, tuvieron gran repercusión para los movimientos de vanguardia. Además estacan las colaboraciones con otros artistas y fotógrafos soviéticos como Max Alpert, Michael Prechner o Georgij Petrusov. Con todos ellos trabajó para impulsar la creación de revistas y respaldar el realismo socialista.

Entre las obras, que realizó con un efecto de propaganda internacional más inmediato, sobresalen el cartel creado para la Exposición Rusa en Zúrich de 1929, o el fotomontaje de 1930 para el Pabellón Soviético en la ciudad de Dresde, durante la Exposición Internacional de La Higiene. Son muy representativos de su trabajo -bajo las directrices oficiales-, que después de 1934 serán aún más rígidas en cuanto a la libertad de formas. Todo se basa en la repetición de una tipología prefabricada. Estos dos trabajos que citamos a modo de hilo conductor, representan los valores y creencias propios del partido comunista de ese momento. Las figuras humanas aparecen como fugaces destellos de una verdad superior, trasciende el mundo cotidiano, para convertirse en claro referente y reclamo de unos valores que en nada se corresponden con la realidad, pero que encarnan el sagrado espíritu de la nación. Arquitecturas imposibles en alusión a la fuerza. Referencias al desarrollo industrial y tecnológico como forma de vincularse a la modernidad de los nuevos tiempos. En resumen, imágenes de la utopía soviética, hechas materia gracias al fotomontaje.

En un sentido más personal, resulta interesante plantearse hasta qué punto el compromiso ideológico de este autor, limitaba su propia libertad de expresión, y por tanto, ahogaba su espíritu creativo. El Lissitzky se convirtió en un ilusionista entregado por completo a la causa. Partícipe de una propaganda que escondía las carencias de una sociedad bajo las lentes del gratificante trabajo duro. Hombres y mujeres entregados en cuerpo y alma por un bien mayor, el bien común, la patria. Pero por otro lado, conocemos trabajos de carácter íntimo, retratos familiares con un lenguaje muy alejado de una propuesta prefabricada ¿Llegaría a tener conciencia de su propia contradicción? Resulta bastante lógico pensar que en algún momento debió saturarle ser ese mago que lograba hacer de la necesidad una virtud.

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